“¿Por qué tenemos que soportar tanto sufrimiento?”

“¿Cuál era el sentido de una vida que solo consistía en dolor?” Desde que había regresado a Corea del Norte, solo había experimentado crueldad, hambre y desesperación”.

Masaji Ishikawa, de mamá japonesa y papá coreano, tenía 13 años cuando en 1958 Kim Il-sung lideró una campaña propagandística para que coreanos que vivían en Japón emigraran a Corea del Norte. El plan de “repatriación” disfrazada de acción humanitaria, tenía como única finalidad disponer de peones que permitieran la reconstrucción de un país dividido por la guerra. 

Convencido por toda la propaganda de un futuro mejor en un país donde tendrían vivienda, educación y trabajo garantizado, el papá de Masaji -que había llegado a Japón durante el imperio japonés como mano de obra esclava-, decidió emigrar con toda la familia a Corea del Norte.

Pronto descubrieron que el paraíso prometido no existía, pues como “retornados” eran tratados como la casta más baja de la sociedad.

“Si eras inteligente y tu cuna y tu pasado eran lo bastante buenos, te mandaban a la universidad. Si eras físicamente fuerte, ibas a la academia militar. Al resto los mandaban como obreros. El factor importante no era el esfuerzo sino tu casta. Tu vida entera quedaba determinada por la casta a la que te asignaban”. 

Durante 36 años Ishikawa vivió bajo condiciones deplorables, experimentó el sufrimiento, la crueldad y la desesperación que lo obligaron a huir y contar su historia. Un rio en la oscuridad, memorias editadas el año pasado por Capitán Swing, son el manifiesto del dolor de quien permanece oculto en algún lugar de Japón, bajo un nombre falso, esperando reencontrarse algún día con sus hijos y nietos.

Un rio en la oscuridad – Masaji Ishikawa

Memorias para olvidar

A los 13 años V conoce a G, de 50. Él, sin una pizca de pudor por los 37 años que los separa, le declara su amor por medio de cartas secretas subidas de tono que conquistan a una pre-adolescente carente de amor. Nadie, en su familia ni dentro del círculo de G, hicieron algún aporte de cordura y sensatez para impedir la relación que duró más de dos años.

Esto que suena a película de Gaspar Noé, es parte de lo que cuenta en sus memorias V, alias Vanessa Springora y de la relación que mantuvo con Gabriel Matzneff, reconocido escritor francés a quien conoció a fines de los ’90 en una cena organizada por su mamá (sí, ¡la mamá de V!) que trabajaba en Gallinard, la editorial de Matzneff. Y aunque nos revuelve el estómago tan solo imaginar a una niña con un viejo, el lanzamiento de “El Consentimiento” en Francia causó más revuelo por cuestionar si era posible juzgar “modas de otros tiempos” bajo los ojos de hoy que por lo anterior.

Pensemos que en Francia, las banderas con los slogans de “prohibido prohibir” y “disfrutar sin límites” que se levantaron durante la revolución de mayo del ’68, dieron lugar a consecuencias nefastas como la “libertad” a los pedófilos, que con su caradurismo, intentaron hacer creer que sus prácticas eran simplemente una orientación sexual. Esto incluso permitió que grandes intelectuales como Jean Paul Satre, Roland Barthes, Simone de Beauvoir y Gilles Deleuze, apoyaran y pidieran la excarcelación de tres hombres acusados de tener relaciones sexuales con menores de edad a través de una carta abierta firmada por el propio Matzneff.

Conocido por sus prácticas y celebrado públicamente por sus contemporáneos, Matzneff se nutría de las relaciones simultáneas que mantenía tanto con Vanessa como con otras adolescentes y chicos menores de 11 años para su obra. Fue premiado en el 2013 por una recopilación de sus ensayos filosóficos, vive hoy en un departamento donado por la Municipalidad de París y cobra una jubilación del gobierno francés. En resumidas palabras, como leí por ahí, “El Consentimiento” resulta un repaso histórico por la tolerancia a la pedofilia en Francia. Increíble.