Ir al cine ¿si o no?

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Sabida es mi adicción al cine y todo lo que lo envuelve, la música, los actores, la fotografía, el guión, en fin, mientras más sepa, mejor.

Tanto me gusta que lo considero un momento mágico que nada ni nadie puede o debe interrumpir. Reclamo cuando hacen ruido o se ponen a conversar durante la película, que se rían desmesuradamente sobre todo en partes que no me parecen graciosas, o que al cabo de un rato se sigan riendo sobre lo mismo, o sea, si soy bastante histérica. Por eso me cuesta ir al cine o incluso ver películas acompañada, como que lo pienso dos veces antes de hacerlo. Evito esas personas que preguntan todo, todo el tiempo qué paso que no entendí, cuestiones subjetivas o que quedan libradas a la imaginación o que por el contrario, piden explicación sobre situaciones lógicas e implícitas que se dan o se explican a lo largo de la trama.

Cualquiera de estas cosas / situaciones me sacan de quicio y del “trance” en el que me sumerjo. Antes solía pensar que esto no pasaba de una excentricidad, pero cuando noté que otras personas sufrían lo mismo empecé a pensar que se trataba de algo más que una “maña”. Sobre todo después de que miré un documental en el cable sobre “cinéfilos”. Ahí descubrí que no estaba sola en el mundo y que habían otros seres especiales con manías similares y aún peores que las mías (por ejemplo uno que antes de mirar una película solo ingería alimentos que lo obligara a hacer la digestión después de tres horas).

Uno de los protagonistas estaba en la sala del cine, a punto de mirar una película. Cuando empieza, la imagen se mueve y queda mal encuadrada. El tipo se empieza a poner nervioso, se angustia hasta que finalmente se indigna. Espera unos minutos y llama por teléfono al proyectista. El tipo tenía el teléfono de todos los cines y proyectistas de la ciudad.

Ahí me acordé el día que fui a mirar End Of The Century en un ciclo de cine, la calidad era tan mala que daba la impresión de que estaba mirando la película en un computador del año ´90. La imagen estaba tan pixelada que podía armar mi propio rompecabezas de Dee Dee Ramone. Me quedé pegada mirando los píxeles por más de media hora. Cuando salí del cine lo primero que hice claro, fue comentar indignada lo mal que se veía, pero a nadie pareció importar.

Después de esa oportunidad no fui nunca más a ese ciclo, razón por la cual me he perdido películas extraordinarias. Pero a diferencia del tipo del documental, no tengo el teléfono de ninguno de los mother fuckers a cargo del proyector.

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