Mala espina (basado en una historia real)

fish

Eran pasadas las dos de la tarde y sin absolutamente nada en el estómago, y en un restaurant chino (con mi mamá, su marido y mi novio), no se me ocurrió mejor idea que comer pescado.

Al tercer bocado sentí que tenía una espina atravesada en la garganta y exceptuando aquella vez que comiendo tallarines me tragué una hoja de laurel mirando Conan el Bárbaro nunca me había pasado algo parecido. ¡Mucho menos en público!

Automáticamente me imaginé tirada en una camilla de hospital, esperando a que me abrieran la garganta de par en par hasta que lograran dar con la espina atravesada.

Mi mamá, que nunca en su vida supo lo que eran los primeros auxilios (es la primera en entrar en pánico), me dijo que tragara pan, algo absolutamente imposible teniendo en cuenta que una espina apenas me permitía tragar mi propia saliva.

Fuimos al baño, donde a los pocos segundos estaba rodeada de empleados y comensales que debatían sobre mi vida, lo cual me hizo recordar otro hecho vergonzoso en el que mi salud tomaba estado público. Fue en el casamiento de mi prima, médica ella, cuando lo que no comí lo bebí y terminé semi-inconsciente en el baño, derivando la borrachera en hipotermia y siendo observada por todos los médicos de la fiesta que como podrán imaginar eran demasiados.

Volviendo a la espina

Algunos -porque a esa altura hasta hombres ya habían en el baño- insistían con el pan, otra con que tragara unos granos de arroz que había traído de su mesa, mientras otra, con el exprimido de un limón, me dijo que lo tomara de un saque para desintegrar la espina.

La desesperación, tanto mía como de mi mamá que estaba por desmayarse, era permanente y la que insistía a los gritos que había que llamar a emergencias sólo empeoraba la situación.

A los segundos de tomar el limón, y casi con claustrofobia por estar encerrada con tanta gente, sentí que la espina se había movido y de a poco pude comenzar a tragar algunas migas de pan haciendo que se moviera por completo.

Al volver a la mesa, y a pesar de estar más tranquila, no dejaba de rondarme la idea de que todo el restauran se había enterado de lo sucedido, pero supuse que era producto de mi imaginación. Eso hasta que vi a mi mamá cerca de la cocina, hablando con los garzones y chefs.

No fue muy difícil adivinar el tema de la conversación al ver que entre gestos y movimientos -con ambas manos en la garganta, con la lengua afuera y haciendo como que le faltaba el aire- hacía una breve recreación a lo Chiche Gelbrum de lo que había pasado minutos atrás en el baño.

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